Cuando la miras,
ya no está.
Y está.
Sin que te des cuenta.
No es tu forma de mirar,
si no de enfocar,
tu perspectiva hacia la nada.
Esa nada que es todo.
Es todo el mundo,
Y esos escondrijos
que son inmunes a tus ojos.
Porque la pupila
ya no sirve para dibujar,
ni sirve para encuadrar,
ni si quiera para iluminar.
No ilumina partes importantes.
Se esconde, se sumerge
en algo indescriptible,
da igual cómo lo llames.
Intenta describir,
que tu pupila enfoca
cuando quiere sentir,
y no cuando importa.
Te deshinive del mundo,
te atrapa, te congela
en sus preciosos engaños
y no te muestra las cosas.
Te aisla,
te describe cosas imperceptibles,
intenta que no veas,
que no huyas de su trueque.
Que no te engañe,
por favor, vuelve,
llega a ese instante cumbre,
en el que ya sientes.
Y a la vez,
no sientes nada.
Ella, ella te influencia,
aunque ni quieras.
Te balanza la forma de enseñar,
de percibir un todo,
la manera en la que deseas mirar,
y zambullirte en el mundo.
Y luchas,
luchas para desbloquearla,
para no dejarla ganar,
y dejas de brillar.
Construye cada pieza del puzle,
que ella no te deja acabar,
y vence tu pupila humilde.
Tu iris ya no es del mismo color,
ni percibe los colores tal y como son,
no encaja tus piezas
ni tu manera de vencer contra ella.
Toca, toca cada objeto, cada persona,
cada risa, cada olor.
Concentra tu iris en exiliarla,
y siente tus órganos.
Respira cada aliento,
saborea incluso un color,
tus pasos al andar lento,
y tus manos al tocar el suelo.
Oliendo un libro nuevo,
o tu novela favorita,
oír el sonido de un lápiz contra un papel, sigiloso,
y dejar que la lluvia moje tu alma
Siente cada beso,
la respiración en la nuca,
de quien te está contando esto.
Y vuelve de nuevo a tu perspectiva.