sábado, 11 de junio de 2016

Quema

Siempre se nos ha dicho que debemos alejarnos del fuego, porque terminas quemándote.

¿Y si eliges es el bueno?

No siempre son llamas rojizas, anaranjadas o amarillentas.

Puede que sea fuego invisible. 

O visible para aquellos que quieran ver.
Aún así, seguimos acercándonos, entra por los ojos y nos llenamos de su calor: hogareño, cómodo e incitador. Y se fusiona. Deseamos que sea una explosión, un resplandor en nuestra vida.
No nos damos cuenta de que puede ser cegador para los ojos que no están preparados y que no sienten lo bello.

¿Invisible o cegador? Sólo debes saber cómo verlo.

El habitual es simplemente color.
El invisible es incierto.

Los colores llaman la atención del que está ciego realmente, del que no ve más allá de los incendios que crean troncos o hierbajos secos. Da más miedo, e incluso tenemos autorreflejos que nos alejan de ello.

Sin embargo, el trasparente puede que sorprenda, te llene, te purifique el alma y te llene con la esencia, y quema realmente. Te hace quemaduras en el alma, te deja ampollas, y después marca. Pero hay que aguantar como sea, que cicatrice, que pique. Ráscate, y hazte herida una vez más. Con el tiempo se terminará yendo. O no.

No reveles el secreto que te llevará a iluminar la esencia. A lo mejor es un fuego incompleto. No puedes dejar que te complete entero. O sí. A lo mejor ese es el correcto.

No es el cuerpo, es el alma.
Encuéntralo y contémplalo.
Llénate de fuego y quémate por dentro.

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